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La Reflexión · Stefan van de Brug · 2 min de lectura 🇳🇱 NL

El mito del talento

Lo que llamamos talento casi siempre es otra cosa.

Hace poco un alumno sacó en un par de semanas algo que a la mayoría le lleva meses. Una madre que miraba lo dijo enseguida: “Este tiene talento de verdad.” Asentí, porque es un cumplido bonito y no vas a ponerte a corregirlo delante del chaval. Pero por dentro algo me chirriaba, porque yo sabía lo que la madre no sabía. Este alumno llevaba años tocando la guitarra, leía ritmos sin pensar y en casa siempre tenía un instrumento a mano. Lo que parecía talento era, sobre todo, una ventaja de salida.

Entiendo por qué nos encanta la palabra. Lo explica todo de una vez —por qué uno aprende rápido y otro despacio— y nos deja dejar de mirar. Pero ahí está justo el problema. “Talento” hace que la diferencia suene a algo con lo que naces, cuando casi siempre es algo que se ha ido construyendo: experiencia previa, una casa con música, cientos de horas que nadie contó.

No digo que la aptitud no exista. Las personas son distintas, también en lo musical. Pero en una clase de verdad cuenta mucho menos de lo que pensamos. Casi siempre que me topo con un alumno “con talento”, encuentro un escalón invisible en algún sitio. Una madre que cantaba. Un instrumento antes de este. Una etapa en la que practicar no se sentía como practicar, porque todavía era solo jugar.

Y lo de la otra cara es igual de revelador. A los alumnos que en silencio archivamos como “poco musicales” casi siempre son los que parten de cero: ningún instrumento en casa, nadie con quien tocar, ninguna ventaja que confundir con un don. Dales los mismos meses que el chaval “con talento” ya llevaba a sus espaldas, y la mayoría también llega. Más despacio, a veces. Pero llegan.

Y aquí viene la parte que más me molesta: la palabra desanima sin que se note. Le dices a un alumno que otro tiene talento, y lo que también oye es que él no lo tiene. Si todo se reduce a con qué naces, ¿para qué esforzarse? Un cumplido a un niño se convierte en un freno para el siguiente, y nadie ve cómo pasa.

Así que cambié las palabras que uso. No lo que un alumno es, sino lo que ha hecho. “Se nota que esta semana le has metido horas.” “Estás pillando eso más rápido que hace un mes.” “El mes pasado ese compás se te caía cada vez; hoy aguantó.” No es peloteo, es simplemente más preciso. Y señala algo que sí está en sus manos.

Quizá el talento sea, sobre todo, una historia que nos contamos sobre un proceso que nunca llegamos a ver. La verdadera pregunta es qué cambia en tus clases el día que dejas de aceptar esa historia como explicación.

El talento suele ser solo una ventaja de salida que nadie vio nacer.