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La Reflexión · Stefan van de Brug · 2 min de lectura 🇳🇱 NL

Por qué se sobrevalora la disciplina

Por qué medimos lo que no toca.

Hace un tiempo una madre me dijo que su hijo, simplemente, tenía poca disciplina. Casi no practicaba en casa, y ella misma, de joven, también había tenido problemas para mantener las cosas. El tono era casi de disculpa, como si fuera un rasgo contra el que no se pudiera hacer gran cosa. Lo reconocí enseguida, porque durante años yo pensaba igual.

Y aun así, el cuadro no encaja del todo. Cuando miro a los alumnos que sí practican con constancia, rara vez veo una voluntad fuera de lo común. Lo que veo es un sitio fijo donde está el instrumento, un momento fijo de la semana y claridad sobre qué hay que hacer exactamente. No es que su carácter sea distinto: lo son sus circunstancias.

La disciplina suena a algo que se tiene o no se tiene. En la práctica, es mucho más a menudo el resultado de un entorno que pone fácil la conducta correcta. Una batería montada en la habitación se toca más que una que primero hay que sacar del armario. Un alumno que sabe exactamente qué cuatro compases va a trabajar empieza antes que uno al que le sueltan una canción entera.

Eso también cambia mi papel como profesor. Difícilmente puedo darle más voluntad a un alumno. Lo que sí puedo hacer es bajar el listón. Tareas más pequeñas. Un momento fijo para practicar que se enganche a algo que ya pasa de todos modos. Un acuerdo lo bastante concreto como para cumplirlo esta noche, no “en algún momento de la semana”.

Lo incómodo es que nos gusta atribuir la constancia al carácter, porque eso nos da una sensación de control. Pero si practicar depende sobre todo de la fuerza de voluntad, entonces cada fracaso recae en el alumno. Y eso casi nunca es justo. Mucho más a menudo la culpa es de una rutina que nunca llegó a diseñarse de verdad.

Así que quizá la pregunta no sea cómo inculcar más disciplina a nuestros alumnos, sino cómo organizar su entorno para que apenas la necesiten. ¿Qué pasaría si, con tu próximo alumno, no pensaras qué tiene que hacer, sino qué le ayudaría a arrancar por sí solo?

Una buena rutina exige menos fuerza de voluntad que un buen propósito.